Yo solo quería ser como las demás y sabía que mi pelo afro era uno de los tantos rasgos diferenciales que me lo impedían, así que crecí con el anhelo de un pelo largo y normativo que me acercara más a todas esas niñas de mi alrededor.
Honestamente, mi afro 4c era precioso, pero yo aún no lo sabía. Y la sociedad de hace 25 años tampoco.
Conforme fui creciendo, comencé a utilizar trenzas, pasando después por las extensiones (craso error) hasta, por fin, a los 18 años, tener mi primera peluca, lo cual me cambió la vida.
Mi pasión por ellas desencadenó en que, un día de principios de julio de 2020, en plena pandemia, diera el gran paso a dedicarme a crear pelucas y a hacer felices a tantas julianas.
Pero, para mi sorpresa, en este camino descubrí muchas otras historias que nada tenían que ver con la banalidad de simplemente tener un pelo más largo o más liso, sino que más bien trataban sobre volver a sentirse cómodas en su propia piel, sobre mirarse en un espejo y pensar que todo sigue igual, que nada ha sucedido; pensar que, aunque por el momento no haya pelo, algún día volverá y, en tanto que vuelve, vamos a seguir siendo nosotras, porque, por sobre todas las cosas, se trata de sentirse sana y, como la Juliana de 6 años, sentirse igual a las demás.